2015: el trabajo no da la felicidad

A ver, ya sé que la frase es con el dinero y que el trabajo es un mal necesario, pero es mi blog y son mis juegos de palabras.

En 2015 y gracias a un contacto conseguí un trabajo. También descubrí que trabajar muchísimas horas es un anestésico maravilloso cuando todo a tu alrededor es un desastre. Por suerte me di cuenta de que ese no era el mejor camino y decidí cambiar un poco el rumbo. Me busqué algo que hacer que tuviera un horario programado como forma de obligarme a parar y a salir a mi hora.

También me mudé. Tuve mucha suerte porque conocía al chico que vivía antes en mi piso. Le seguía en redes sociales y leí que quería buscarse un piso más cerca del trabajo, así que lo hablamos y fue salir él y entrar yo.

Ese año se murió Elena, la mujer de mi padre. Algunos/as me habréis leído acerca de ella. Una mujer maravillosa, con carisma y capaz de llenar una habitación con su presencia. En 2014 le detectaron un cáncer y en 2015 se le reprodujo. Han pasado cuatro años y medio y aún la echo de menos. Tuve la suerte de verla unos pocos días antes y, aunque ya estaba muy malita, pasamos un ratito agradable en la medida de lo posible.

Ay, Elena, si vieras cómo me van las cosas ahora… nos podríamos alegrar juntas y, bueno, alguna sorpresa igual te llevabas.

2014: un vestido amarillo y un nestea de maracuyá

Ese verano lo pasé con las ventas bajadas y sin música. Eso no es buena señal.

Además, el chico con el que salía me dejó justo el día que me había puesto mi mejor vestido. Justo el día que me había parecido que necesitaba ánimos y me puse a hacer el idiota en pleno centro de Madrid con un calcetín haciendo de marioneta.

También descubrí la definición de tregua en portugués. La primera acepción está tan llena de significado que podrías hacerte bolita en ella y olvidarte de todo lo que va mal.  https://dicionario.priberam.org/tr%C3%A9gua

La parte buena: empecé a encadenar trabajos. A partir de ahí, en ese plano, todo iría mejor poco a poco.

Había una canción que escuchaba ese día antes de salir de casa. Lástima que no recuerde el título.

2013: Glasgow 3

¿Qué decir de 2013? El verano fue especial, el resto del año fue un desastre. Aprendí portugués, me enamoré de Portugal y descubrí “Governo sombra”. Empecé una relación (o la relación me empezó a mí, no lo tengo claro), me sentí muy querida y pensé que eso mejoraría mi estado general de abatimiento, pero no sucedió exactamente así.

Fuck!

2012: empezar de cero, quedarse a medias

2012 empezó bien y terminó cayendo sobre mi cabeza.

Quería celebrar que llevaba un año en Madrid y acabé discutiendo con la amiga que me acogió en su casa cuando llegué. Todo porque se me ocurrió decir que me molestaba que faltara a su palabra de celebrarlo juntas. No puedo decir nada malo de ella porque es una persona maravillosa y a día de hoy eso está superado, pero me dolió muchísimo. Además, antes del verano se me acabó el contrato en el trabajo que tenía y encontrar otro fue una aventura que se prolongó demasiado tiempo.

Sin embargo también fue el año de recuperar la confianza en algunos aspectos. Después de un año sin querer saber nada de ningún señor (es una historia muy larga) y de algún intento con resultados bastante lamentables (es una historia desagradable), volví a interesarme mínimamente.

Fue el año de que me adoptara mi amiga Patri. Alquilaba varias de las habitaciones de su casa y acabé viviendo allí. Es una persona encantadora, cariñosa y comprensiva y desde el primer momento nos hicimos muy amigas. Decir que me adoptó no es una exageración ni una forma de hablar: paso parte de las Navidades con ella y con sus padres, me siento a gusto y querida con ellos, así que son, como me dijo una amiga hace poco, mi “found family”.

A lo mejor es que las cosas buenas de 2012 están todas en un lado en lugar de repartidas. ¿Quién sabe? Es lo que tiene revisar las cosas a posteriori: que aplicas un sesgo, ya sea para no quedar como una persona triste o quejica, ya sea para consolarte un poco a ti misma.

¿Una canción? Una canción.

 

2011

A 2011 le sobraron muchos meses. Once meses para ser exactos. En febrero me metí la hostia emocional de mi vida y lo peor no fue la hostia en sí, sino lo ingenua y estúpida que me sentí durante muchísimo tiempo.

Pero esa es otra historia y es mejor dejarla ahí.

Cada vez encajaba menos en la vida que tenía, cada vez tenía peor humor y menos ganas de relacionarme con nadie. Para colmo, la parte emocional siguió cayendo en barrena porque aquí fracasamos a lo grande y en serie.

No sé en qué momento se me metió en la cabeza que quería pirarme de Palma y venirme a Madrid, pero el caso es que me puse a ello. Una antigua compañera de trabajo estaba ya aquí y me dio algunos consejos para buscar trabajo. No sé ni cómo un día lo conseguí. Me cogieron en un trabajo de mierda para empezar el 1 de diciembre. Estábamos a 28 de noviembre.

I did it, bitches. And it was great. El cambio fue fulminante: me apetecía salir a la calle, me apetecía hacer cosas, coger el metro y perderme por ahí. Me apetecía llegar a casa y ayudar a mi amiga Cati y a su marido, pasar un rato con ellos, charlar, ver una película, cocinar o recoger.

Nunca me he querido ir, no he echado de menos Palma ni un solo segundo. Ni en las épocas malas, que las hubo. Nunca me he sentido más en casa que en esta ciudad que agobia con las prisas y las aglomeraciones, te lleva los pulmones de porquería y te seca las mucosas, pero que mola.

Y no tengo mucho más que decir de 2011. Solo reconocerle que escuché mucha música y me enamoré de muchas canciones.

2010: un divorcio y una cuenta de Twitter

En 2010 me divorcié. Fue lo mejor que pudo pasar y quiero pensar que era cuestión de tiempo que sucediera. Tuvo un punto de telenovela de sobremesa y no fue fácil, pero sí fue más o menos rápido. Mistakes were made, pero esa es otra historia.

Aunque parezca contradictorio, hubo un componente bastante grande de vergüenza después, al menos para mí, motivado por la sensación de haber fracasado en algo importante. Tomas una decisión y esperas que salga bien, que los astros y el universo se conjuren. No lo haces conscientemente, pero lo haces. Proyectas una imagen de pareja feliz y luego tienes que decir “Te comento: me estoy divorciando”  y ver las caras de sorpresa de la gente que te rodea porque nadie se lo esperaba. Yo no quería decirlo, no quería asumir que bajo esa apariencia de pareja feliz había mil cosas que no funcionaban.

En ese momento estaba yendo a terapia y fue entonces cuando me di cuenta de que tenía un terapeuta horrible, así que lo dejé y volví al estilo “self-made maid” de hacer las cosas.

Unos días antes del desastre, de la parte de telenovela de sobremesa, me hice una cuenta de Twitter. En ese momento Twitter te preguntaba “¿Qué está pasando?”. Mi primer tuit respondía a esa pregunta: “Nada”.

Sé que suena muy banal y que lo habrán dicho mil personas ya, pero Twitter me cambió la vida: me puso al alcance de los ojos a muchas personas que pensaban o sentían de una manera en la que yo también pensaba o sentía, así que me sentí un poco más acompañada y comprendida. Mi entorno en ese momento estaba lleno de gente cuyos objetivos se podrían resumir en “casa, familia, hipoteca, paella los domingos” y con las que era complicado debatir sin encontrar opiniones clasistas, xenófobas y cortas de miras, así que Twitter era una ventana por la que mirar y a través de la cual observar y aprender. Dejé de sentirme rara y empecé a sentirme un poco más normal.

2010 fue el año de “Veo lo que tú ves”. El año de aprender a recibir halagos y cumplidos, de aceptar que la visión amable y benevolente que tienen otras personas acerca de ti puede tener algo de verdad. Es algo que intento compartir con los demás, algo que intento explicar cuando creo que puede ser útil para otras personas. La visión amable y benevolente que tienen otras personas acerca de ti tiene algo de verdad.

El año de volver al mundo.

(Fue el año de otras muchas cosas, entre ellas esta canción, pero lo vamos a dejar aquí).

Decenas

Sin entrar en polémicas sobre si existe el año cero o no, veo memes sobre los años que van desde 2010 hasta 2019 y me planteo escribir algo sobre lo que voy a llamar la decena. Porque igual no es una década, pero sí es una decena. Eso es indiscutible.

La decena me ha pasado por encima, pisoteado, echado marcha atrás varias veces para atropellarme bien y que no quedara un trocito sano y luego ha decidido ser benévola conmigo… hasta que llegó el último fin de semana de octubre de este año. Entones me atropelló otra vez.

Pero me estoy adelantando.

Up next: 2010.

Besos y cosas buenas para todos/as.

Síndrome del impostor

Esta entrada empecé a escribirla justo después de la huelga del 8 de marzo de 2019. Se quedó en el tintero, pero sigo sintiéndome igual, así que he decidido recuperarlo y adaptarlo sin la referencia temporal.

Allá vamos.

Soy administrativa. Llevo veinte años haciendo este tipo de trabajo y ahora además estudio Información y Documentación. No es que pretenda ser documentalista, estudio por otros motivos, pero elegí un grado que encaja en parte con lo que me gusta y en parte con el trabajo. Elegí un grado que sirve (es una visión muy optimista) para ordenar el mundo. Curiosamente jamás he tenido ningún problema en considerarme válida para un puesto de trabajo para el que me hayan contratado. Cero síndrome del impostor laboral.

Además soy feminista. No es una profesión, sino una condición personal. He decidido dejar de educar o ilustrar en el feminismo a nadie porque la mayoría de la gente que critica el feminismo solo dice gilipolleces sesgadas basadas en una experiencia personal sesgada y yo me cabreo mucho. Y no sé si en parte por eso, porque creo que podría hacer más y no lo hago, me considero una feminista de palo.  Hola, síndrome del impostor, saluda a esta gente tan maja.

Y bisexual. Estoy un poco armarizada en mi entorno en parte porque a nadie le importa, en parte porque es asunto mío y en parte porque me considero una bisexual de palo. Sí, también tengo un síndrome del impostor con eso. Y no sabría explicar por qué. No es que venga nadie a examinarme de mi condición, no es que crea que sacaría mala nota en un examen de bisexualidad. Es otra cosa. Nunca le he entrado muy abiertamente a una chica y me he rendido o he renunciado a esa parte de mi vida porque no puedo ir acumulando más cansancio vital, más frustración o más esfuerzo potencialmente baldío. Más bien me limito a reconocer que las chicas me gustan y poco más.  Lo dicho, de palo.

No sé ni cómo no me ha dado por tener síndrome del impostor como mujer. El lote completo no hubiera estado mal. Donde caben dos caben tres.

Precioso todo.

Heteridad

Os voy a hablar de la heteridad. Es un palabro, ya lo sé. Mañana mismo hablo con la RAE.

La heteridad es la heterosexualidad entendida como alarde de masculinidad descontrolada. Como tener 15 años y pensar que tu ex es una guarra porque salió con otro dos días después de dejarte, pero con pelos en los huevos, independencia económica y estudios universitarios.

Se trata de dos individuos, los llamaremos individuo X e individuo Y, que cuando se juntan y/o tienen público, se comportan como si tuvieran algo que demostrar. Es más, se comportan demostrando algo: que se puede dar mucho asco. Cuando no están juntos o cuando nadie está ahí para “reírles las gracias”, las cosas no son así. Qué inesperado, ¿verdad?

Situaciones típicas:

  • Individuo X ve entrar a una mujer y dice “Uf, esa va a caer. Si no es hoy es mañana. A esa le echado el ojo y va a caer”.  Individuo Y responde algo en la misma línea, pongamos algo como “¡Qué dices, chaval!”, lo cual lleva a individuo X a reafirmarse con frases como “Te digo yo que sí, que esa cae”.
  • Individuo Y pregunta a individuo X acerca de sus planes para la noche del viernes, a lo que este último responde “Acabo de escribir a $mujer, sí, sí, ya he puesto el cebo” o alguna frase similar. Individuo Y se ríe y le da un codazo en plan colega.
  • Individuo Y cuenta que él e individuo X salieron un día y, por supuesto, las dos únicas mujeres del bar se dirigieron a ellos y no veas cómo iban y cómo estaban. Bueno, bueno, una cosa loquísima.
  • Individuo X, un día que tiene público, cuenta que una vez realizó tal o cual práctica sexual poco habitual y que fue flipante. Nadie, absolutamente nadie, le ha preguntado a individuo X sobre sus prácticas o preferencias, pero él decide ilustrarnos e informarnos por algún motivo que en realidad desconozco.

Hablamos de señores más cerca de los 35 que de los 15 a los que solo les falta decir “Aquella es una guarra y la otra es una puta”, como los chavales que cogen el bus en el polideportivo de Palomeras. Hablamos de señores que monopolizan cada conversación. Son los reyes de llamar la atención. No importa si tú ese día querías preguntarle a otra persona qué planes tiene para las vacaciones: te vas a enterar de si X e Y tienen planes para salir, beber o follar. Es que ya ni hablamos de la falta de respeto a las mujeres con las que tratan y a las mujeres en general, no hay el más mínimo asomo de respeto a nadie. Es un “Yo he venido aquí a hablar de mi polla” de manual.

Y podría mantenerme alejada, claro que sí, ¿pero por qué tengo yo que aislarme socialmente? ¿No sería mejor que fueran ellos los que aprendieran a comportarse? ¿Se darán cuenta algún día de la impresión ridícula que causan? Porque os comento: me niego a pensar que soy la única que piensa que dan pena. Probablemente soy la única que siente repugnancia, pero ese es otro tema.

Cualquier día se me acaba la paciencia y digo algo. Eso puede ser… curioso. Con cuidado, que es gente a la que tengo que ver todos los días sin mucho margen de elección, pero es que mi capacidad para soportar el asco es limitada.

¡¡¡No seáis así, niños!!!

Besos, abrazos y cositas buenas para todos.

La vida sim

Tengo un compañero que llama “la vida sim” a esa sensación que tienes a veces de estar reproduciendo todo el rato lo mismo, día tras día, como dentro de un videojuego y manejado por alguien. No es algo que me suceda con frecuencia. Por lo general me pasa cuando estoy cansada o cuando estoy en el metro y no consigo sentarme y todo me parece incómodo. Luego alguien se baja en Atocha, por ejemplo, me siento y ya me se me pasa un poco. O me pongo música y se me olvida. Es una sensación efímera por lo general.

Sin embargo llevo un par de días así. No es la rutina, no son las obligaciones ni los “quereseres”, es la mezcla de todo y una cierta sensación de absurdo. Me pasan muchas cosas por la cabeza, algunas no tienen nada que ver con la vida sim, pero al final se mezcla todo y es indistinguible.

Esta ilustración que encontré ayer lo explica bastante bien.

Bueno, también hay algo de síndrome del impostor, pero eso es otra cosa.

Besos, abrazos y cosas bonitas.