Sobre la tristeza

A ver si escribo esto sin que suene a autoayuda barata (Hola, Fer. Hola, Pablo).

Llevo un tiempo agobiada, estresada y medio deprimida.  Un tiempo pensando que todo va mal, que nada va bien y que cuando va bien, no dura. Un tiempo tomándomelo todo muy en serio. Es una sensación incontrolable. El caso es que el otro día salí de casa para dar una vuelta por el barrio y, no sé, me relajé, algo en mi cabeza desconectó y conectó por otro lado. Un cable dejó de cortocircuitar y me di cuenta de algunas cosas.

Os cuento: cuando llegué a Madrid (hace ya seis años) tenía un empuje, unas ganas, una alegría “de serie”. Luego algunas cosas fueron mal y otras menos bien y la fui perdiendo. Pensé que cuando consiguiera trabajo todo se arreglaría, pero no fue así. Y se me quedó ese cuerpo raro, esa insatisfacción, ese “¿para qué?” El caso es que yo no soy así, que eso no me pasa siempre, que hay momentos en los que las cosas me parecen menos feas o menos tristes. Y otros en los que pienso “¿Para qué voy a hacer esto, si total lo mismo ni siquiera sale bien?” Un ejemplo es que soy capaz de irme de vacaciones yo sola a Letonia o a Serbia y pasarlo como un gorrinillo en una charca. Soy independiente, no he perdido eso.

¿Qué pasa entonces?

Un amigo al que se lo explicaba me dijo “Te has acomodado a tu vida”. No, no es así. He acomodado mi vida a mis pocas ganas de hacer nada, a mi pesimismo, a mi derrotismo. Y no me culpo por ello, son cosas que pasan, pero no puedo seguir así. Tengo que recuperar lo que tenía cuando llegué y lo que tengo cuando decido irme de vacaciones al primer sitio que se me pasa por la cabeza. Tengo que hacer algo tan sencillo como salir a la calle, inventarme las ganas si hace falta, y dejarme sorprender o dejarme llevar o dejarme lo que sea, porque cuando lo hago, o cuando quedo con alguna amiga, desconecto y vuelvo a respirar y a disfrutar y a sentirme más persona, más ligera.  Hoy lo he descrito así: tengo que aligerar.

No se trata de ser positivo, se trata de no pasarme la vida diciéndome que no vale la pena hacer nada porque nada funciona.

Llevo una temporada curioseando con tecnología. Cosas pequeñas (bueno, algunas) que tienen utilidad. Algunas me están costando un poco (Gracias, Fer. Gracias, Pablo), pero voy aprendiendo algunos conceptos y voy adquiriendo cierta resistencia a la frustración. Supongo que en parte así ha sido, resistiendo a la frustración y adquiriendo cierta calma que había perdido, como me he dado cuenta de que no puedo seguir así.

No es un propósito de Año Nuevo, no es una meta enorme, no es el Tourmalet, es algo más para el día a día, para recuperar a la Txus que era, que soy aunque se me olvide. Y que quienes tengo cerca también que esté.

Os dejo una de esas canciones que dan ganas de ponerse a dar volteretas.

Besos para todos, todas, todes, todxs.

2016

2015 fue un año duro.  Empezó bien, pero le dio por torcerse y a mitad de año aquello ya no tenía remedio.  Un desastre a nivel laboral y un desastre tras otro a nivel personal.  Hubo intentos para enderezarlo, pero resultó imposible.

Hubo cosas buenas: me decidí a mudarme y me vine para el barrio en el que me apetecía vivir.  Me fui unos días en agosto a Peñíscola con un amigo y desconecté como hacía tiempo que necesitaba.  Vinieron mi hermana y la niña y lo pasamos muy bien.  Conocí gente, mandé gente a la mierda y tomé algunas decisiones, aunque luego me pillara el tren.

2016 empezó bastante bien.  Encontré trabajo muy pronto y aprendí a mandar a gente a la mierda.  A señores, principalmente.  Siempre es útil.

Ha sido el año de empezar en un sitio nuevo y adaptarse a costumbres, horarios y manías.  Si haces ese esfuerzo al principio, luego puedes ir por libre.  Si no lo haces, uf… nunca acabarás de encajar.  Y encajar es útil y necesario.

Pero ha sido un año duro también.  De repente me di cuenta de que no he nacido para estar satisfecha, de que siempre quiero algo más.  Si algo funciona en el plano personal, no funciona en el laboral, y si funcionan los dos no lo hacen por mucho tiempo.  Es una sensación de insatisfacción y frustación constantes que tengo que aprender a manejar o me pasaré la vida persiguiendo algo que ni siquiera sé qué es.  Ha sido el año de perder amigos, de renunciar, de saber que hay cosas que se rompen y que no tienen remedio, que no hay pegamento ni cura ni olvido ni nada.

Ha sido el año de conocer a personitas importantes.  Cada cual por sus motivos.  Personitas curiosas de las que te tocan un poco la patata.  Gente que te habla de lo que hace y te transmite ese no-sé-qué que le ponen, que consigue que quieras desesperadamente leer un libro, ver una película o aprender algo nuevo.  Gente que hace chistes muuuuuuuuy malos, dice tonterías muuuuuuuuy gordas y te hace llorar de risa.  Gente fácil de tratar, difícil de tratar, sincera, divertida.  Gente con problemas que aprovecha los recursos de los que dispone para tratar de sortearlos de forma inteligente.  Luego se les ven las costuras, como se nos ven a todos cuando se nos mira de cerca, pero hacen un esfuerzo que otras personas ni siquiera se plantean.

El año de la cercanía.  Eso es.

No querría otro año como éste, pero sin duda ha sido un año para no olvidar.

Feliz Año.

La tranquilidad que nunca llegó

El año empezó bien.  Había un trabajo esperándome con gente que ha resultado ser muy especial.  Por fin se encaminaba todo.

O no.

Tranquilos, sigo teniendo trabajo.  No es eso.

Tener cubiertas unas necesidades, no sólo económicas, sino también de realización personal, no me ha traído toda la tranquilidad que esperaba.  Como si al colocar unas cosas se hubieran descolocado otras.  Otras que no pensaba que se fueran a descolocar.  El desastre que siempre ha sido mi vida personal tiene ahora una importancia que antes no tenía.  Y no sé qué voy a hacer para arreglarlo, principalmente porque hay muchas situaciones que aclarar, problemas que solucionar, necesidades que atender, alguna decisión que tomar y algunas cuentas que saldar.

A lo mejor si me hago bolita y cierro los ojos muy fuerte se arregla todo solo.

Ya, ya sé que no.