Tiempo y cansancio: resumen del segundo semestre 2017-2018

Este semestre, igual que el anterior, he cogido cuatro asignaturas. Como todavía tenemos bisemestralización he tenido que elegir entre las asignaturas disponibles, que no me parecían la hostia precisamente y, bueno, no sé si por eso estoy algo más cansada o desganada que el semestre pasado.

Me gustaría poder ir al gimnasio dos días por semana, porque desde que empecé en serio con las clases de body-pump no sólo he perdido peso y ganado algo de masa muscular, sino que he cogido mucha fuerza y elasticidad en las piernas y eso me está ayudando muchísimo en las clases de Bollywood. El caso es que no tengo tiempo. O siento que no lo tengo, porque los jueves (que es el otro día que hay clase de body-pump) llego a casa tan cansada que ni voy al gimnasio ni estoy en condiciones de estudiar mucho más de una hora.

Una de las asignaturas que tengo es estadística, que me está gustando mucho. Me gustaría poder dedicarle algo más de tiempo o tiempo de más calidad, pero aún así estoy aprendiendo bastante. Es un poco lo que me pasó con Análisis Documental, que la disfruté muchísimo, pero me hubiera gustado disfrutarla más.

Pero me gustaría tener algo más de tiempo o algo menos de cansancio.

O las dos cosas.

Besos y cosas bonitas para todos/as.

La espiral del silencio

Hace un par de semestres en la asignatura “Teorías de la comunicación” estudié una cosa llamada “espiral del silencio”. Se denomina así a una teoría política que explica cómo somos reacios a mantener o expresar nuestra postura si es distinta de la de la mayoría o de la del líder. Su autora la formuló en 1977 y podéis leer más información en este enlace.

Hace unos meses alguien a quien conozco hizo un comentario completamente “pun intended” en una conversación en la que se juzgaban y ridiculizaban gustos y prácticas sexuales. No lo hizo por defender a nadie, ya os digo que fue por darle en los morros a los bocazas de turno, pero como persona que alguna vez no ha defendido su postura, como persona que alguna vez ha pensado que era mejor estar callada, le agradecí su comentario aunque su finalidad no fuera “pura”. Se lo agradecí porque muchas veces he deseado poder cerrar bocas pero pocas veces me he atrevido.

Romper la espiral del silencio es importante, aunque no se trata de que todos lo hagamos, no se trata de que seamos imprudentes y nos arriesguemos a no encajar o a ser criticados duramente. No todo el mundo puede hacerlo ni todo el mundo tiene por qué hacerlo. No es eso. Se trata de que, si tenemos ánimos, fuerza, entereza o poca vergüenza, nos hagamos escuchar porque puede que alguien en ese grupo en el que estamos (sea un grupo de personas que comparten un espacio o una conversación en una red social) puede sentirse apoyado y comprendido. Se trata de defender una postura no sólo porque es la nuestra y la consideramos justa, sino porque es la de otros que no tienen nuestra voz o nuestra presencia de ánimo. Se trata de estar al lado del que no se atreve a estar.

Os dejo con una canción. Besos y abrazos.

Sobre la tristeza

A ver si escribo esto sin que suene a autoayuda barata (Hola, Fer. Hola, Pablo).

Llevo un tiempo agobiada, estresada y medio deprimida.  Un tiempo pensando que todo va mal, que nada va bien y que cuando va bien, no dura. Un tiempo tomándomelo todo muy en serio. Es una sensación incontrolable. El caso es que el otro día salí de casa para dar una vuelta por el barrio y, no sé, me relajé, algo en mi cabeza desconectó y conectó por otro lado. Un cable dejó de cortocircuitar y me di cuenta de algunas cosas.

Os cuento: cuando llegué a Madrid (hace ya seis años) tenía un empuje, unas ganas, una alegría “de serie”. Luego algunas cosas fueron mal y otras menos bien y la fui perdiendo. Pensé que cuando consiguiera trabajo todo se arreglaría, pero no fue así. Y se me quedó ese cuerpo raro, esa insatisfacción, ese “¿para qué?” El caso es que yo no soy así, que eso no me pasa siempre, que hay momentos en los que las cosas me parecen menos feas o menos tristes. Y otros en los que pienso “¿Para qué voy a hacer esto, si total lo mismo ni siquiera sale bien?” Un ejemplo es que soy capaz de irme de vacaciones yo sola a Letonia o a Serbia y pasarlo como un gorrinillo en una charca. Soy independiente, no he perdido eso.

¿Qué pasa entonces?

Un amigo al que se lo explicaba me dijo “Te has acomodado a tu vida”. No, no es así. He acomodado mi vida a mis pocas ganas de hacer nada, a mi pesimismo, a mi derrotismo. Y no me culpo por ello, son cosas que pasan, pero no puedo seguir así. Tengo que recuperar lo que tenía cuando llegué y lo que tengo cuando decido irme de vacaciones al primer sitio que se me pasa por la cabeza. Tengo que hacer algo tan sencillo como salir a la calle, inventarme las ganas si hace falta, y dejarme sorprender o dejarme llevar o dejarme lo que sea, porque cuando lo hago, o cuando quedo con alguna amiga, desconecto y vuelvo a respirar y a disfrutar y a sentirme más persona, más ligera.  Hoy lo he descrito así: tengo que aligerar.

No se trata de ser positivo, se trata de no pasarme la vida diciéndome que no vale la pena hacer nada porque nada funciona.

Llevo una temporada curioseando con tecnología. Cosas pequeñas (bueno, algunas) que tienen utilidad. Algunas me están costando un poco (Gracias, Fer. Gracias, Pablo), pero voy aprendiendo algunos conceptos y voy adquiriendo cierta resistencia a la frustración. Supongo que en parte así ha sido, resistiendo a la frustración y adquiriendo cierta calma que había perdido, como me he dado cuenta de que no puedo seguir así.

No es un propósito de Año Nuevo, no es una meta enorme, no es el Tourmalet, es algo más para el día a día, para recuperar a la Txus que era, que soy aunque se me olvide. Y que quienes tengo cerca también que esté.

Os dejo una de esas canciones que dan ganas de ponerse a dar volteretas.

Besos para todos, todas, todes, todxs.

Trayectos

Hubo una temporada, sé que fue en esta vida y no en otra, en el que Las Suertes – Nueva Numancia era un trayecto de ida. Un tiempo después la casualidad y las cosas de la vida hicieron que acabará viviendo precisamente en Nueva Numancia. Nueva Numancia – Las Suertes se convirtió entonces en un trayecto de ida y el inverso, en un trayecto de vuelta. El Ensanche no es un barrio al que le tenga mucho cariño, así que no suelo ir mucho por allí, pero a veces cuando lo hago, cuando cojo el metro para volver a casa, me entra una sensación curiosa, una tristeza, una derrota, un abatimiento, un recuerdo de tiempos que tuvieron cosas más bonitas, más ingenuas, más fáciles.
Ojalá no tener memoria.

La tranquilidad que nunca llegó

El año empezó bien.  Había un trabajo esperándome con gente que ha resultado ser muy especial.  Por fin se encaminaba todo.

O no.

Tranquilos, sigo teniendo trabajo.  No es eso.

Tener cubiertas unas necesidades, no sólo económicas, sino también de realización personal, no me ha traído toda la tranquilidad que esperaba.  Como si al colocar unas cosas se hubieran descolocado otras.  Otras que no pensaba que se fueran a descolocar.  El desastre que siempre ha sido mi vida personal tiene ahora una importancia que antes no tenía.  Y no sé qué voy a hacer para arreglarlo, principalmente porque hay muchas situaciones que aclarar, problemas que solucionar, necesidades que atender, alguna decisión que tomar y algunas cuentas que saldar.

A lo mejor si me hago bolita y cierro los ojos muy fuerte se arregla todo solo.

Ya, ya sé que no.